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La franja de la AP-9 ganó la población que perdió el resto de Galicia en 47 años

(23/10/2018)

La franja de la AP-9 ganó la población que perdió el resto de Galicia en 47 años

Solo un millón de personas residen fuera de las zonas de influencia de las siete urbes

 

Una joven pareja paseando con su bebé por un parque de Vigo

Una joven pareja paseando con su bebé por un parque de Vigo

 


vigo / la voz 22/10/2018

 

El eje que atraviesa Galicia de norte a sur siguiendo el trazado de la autopista del Atlántico es uno de los reductos de esperanza demográfica que le queda a la comunidad, junto a los entornos de las demás ciudades al margen de la zona de influencia de la AP-9. Siete de los trece municipios de toda la comunidad donde aún hay más nacimientos que fallecimientos se encuentran salpicados a lo largo del vial de pago. Cambre, Oroso, Ames, Pontecesures, Poio, O Porriño y Salceda de Caselas mantienen aún un saldo vegetativo positivo, que en el resto del mapa gallego solo se encuentra además en Arteixo, Barbadás, San Cibrao, Soutomaior, Oia y Burela.

 

Dicho balance natural positivo puede parecer escaso en el conjunto de los 38 concellos que se suceden a lo largo de la AP-9, pero es que en toda Galicia la situación demográfica es la opuesta en nada menos que 300 localidades: en el conjunto de la autonomía hay más muertes que nacimientos desde hace 31 años.

 

 

Como ocurre con el vegetativo, el saldo migratorio también resulta positivo en el espacio local que abarca de Ferrol hasta Tui: 27 concellos aún captan más vecinos que los que dejan sus localidades para cambiar de residencia en otros puntos de España o el extranjero. Son once, por tanto, en los que el balance migratorio queda marcado en rojo: Vigo, Redondela, Valga, Portas, Pontecesures, Padrón, Oroso, Neda, Narón, Pontedeume y Ferrol.

 

Y visto con perspectiva temporal, la que permite hasta hoy desde los años setenta, cuando fue concedida la explotación de la autopista y se iniciaron las obras, los 38 ayuntamientos han ganado 345.709 habitantes (un 39,5 %).

 

La traza municipal que ha acabado por ocupar la principal autopista gallega representaba hace 47 años el 32,71 % de la población de Galicia, y en la actualidad sube hasta el 45,09 %, dibujando ese desequilibrio territorial que a efectos residenciales se inclina hacia la costa de norte a sur.

 

Y el contingente poblacional que gana el eje atlántico desde 1970 hasta la actualidad es el que pierde el resto de Galicia en ese casi medio siglo. Hasta 313.773 habitantes menos tienen los 275 ayuntamientos restantes que no lindan con los 259 kilómetros de la autopista.  

 

Áreas urbanas

 

Pero aunque la principal ruta de comunicación enlaza cinco de las siete ciudades más pobladas de Galicia, el entorno de estas urbes y las otras dos áreas urbanas de la comunidad (las de Lugo y Ourense) también juegan un rol demográfico crucial en la contención del desplome demográfico, pero al mismo tiempo en el desplazamiento de la población del medio rural al urbano.

 

Solo un millón de los 2,7 millones de residentes en Galicia no viven en alguno de los 75 ayuntamientos que forman las áreas funcionales de las siete ciudades. Estos espacios quedan definidos por las localidades próximas a las urbes en las que al menos el 15 % de su población ocupada se desplaza a las urbes de referencia de sus zonas a trabajar, planteamiento en el que la AP-9 juega en un papel relevante para muchas de ellas. Casi dos de cada tres habitantes de Galicia viven en esas áreas de las ciudades (el 63,38 %).

 

La que se forma alrededor de Vigo, con 21 municipios, es la más grande de Galicia (541.686 habitantes) y la duodécima de España, por detrás de Granada. Su extensión abarca desde Fornelos y Pazos de Borbén, en el norte, hasta Oia, al sur, integrando además Cangas y Moaña en O Morrazo, así como la comarca de O Condado, agrandando el espacio administrativo de la fracasada área metropolitana.

 

Alrededor de A Coruña pivotan otros diez concellos más, que vinculan a toda su área funcional a 415.144 personas. Los entornos más alejados con trabajadores vinculados a la ciudad son, según el INE, A Laracha, Oza-Cesuras y Abegondo.

 

Ya a más distancia en el ránking estatal, el área de Santiago se sitúa en el puesto 35, con 200.708 residentes y catorce concellos vinculados, desde Pontecesures a Val do Dubra.

 

Ferrol rebasa a las demás urbes gallegas gracias a sus localidades satélite, con las que suma 148.870 personas, entre Valdoviño y Cabanas. El área de Ourense acoge a otros 148.410 residentes, en 12 localidades, con Allariz y Nogueira de Ramuín como extremos. Pontevedra, el área más reducida, absorbe 141.414 vecinos de siete concellos, y Lugo otros 120.423 de ocho enclaves.

 

Entre los más envejecidos, con rentas a la baja y con calidad de vida mejorable

 

Pese a que Galicia se urbaniza progresivamente y concentra su potencial de crecimiento poblacional en las ciudades, las urbes de la comunidad no destacan entre las del resto de España ni en dinamismo demográfico, ni en capacidad económica de sus residentes ni en calidad de vida en aspectos como la disponibilidad de zonas verdes o espacios de ocio.

 

La radiografía que este año ha hecho el Instituto Nacional de Estadística de las 126 ciudades más pobladas del país deja a las urbes gallegas entre las que cuentan con menos menores de 14 años, lo que a medio plazo definirá su capacidad de relevo generacional. Ferrol es señalada como la ciudad de España que cuenta con menor porcentaje de niños: solo lo son el 10,84 % de su población. Pero es que A Coruña está situada en el puesto 116 (12,18 %), Ourense en el 115 (12,21), Santiago en el 105 (12,92), Vigo en el 101 (13,12), Lugo en el 100 (13,13) y Pontevedra en el 89 (14,07). Ocurre todo lo contrario en lo que respecta al peso de los mayores de 65 años. Ferrol es la primera en número de personas en edad de jubilación (27,17 % de sus residentes), Ourense es la sexta (25,05 %) y A Coruña la octava ciudad más envejecida de toda España (24,03 %).  

 

Baja inmigración

 

En capacidad de captación de inmigración, tampoco salen muy bien paradas las urbes de la comunidad. Las siete figuran entre las 33 ciudades que menor porcentaje de extranjeros tienen entre sus vecinos.

 

Solo Oleiros se sitúa entre las localidades de más de 20.000 habitantes que cuentan con la renta media anual más alta en España. Según el trabajo del INE, el ránking que encabeza la localidad madrileña de Pozuelo (23.861 euros por persona al año), tiene al concello coruñés en el puesto 18, con 14.851 euros, situándose justo a continuación de Barcelona.

 

Galicia vuelve a figurar en aspectos poco positivos, como la atención al medio urbano, dado que Lugo es la ciudad 112 de 126 con menos proporción de suelo para zonas verdes urbanas, instalaciones deportivas y de ocio. Santiago es la 101, Ferrol la 96, Pontevedra la 89, Ourense la 71, Vigo la 69 y A Coruña la 26, pero baja enteros con su configuración arquitectónica, pues es el décimo municipio que más suelo urbano contiguo presenta. El 19 % de su suelo residencial urbano está ocupado por edificios enlazados sin espacios para otros usos.

 

La AP-53 no consolida la ocupación residencial en la misma medida

 

La denominada autopista central gallega, la AP-53, que va desde Santiago al alto de Santo Domingo, en Dozón, y que continúa sin peaje para el usuario hasta Ourense, no juega el mismo papel de incentivadora de asentamientos poblacionales a lo largo de su trazado que la AP-9. La AP-53 desempeña una labor más de enlace con Santiago para la comarca del Deza y la provincia de Ourense y de descongestión de la nacional 525. Desde que se concluyó la obra en el año 2002, el conjunto de los siete concellos por los que discurre su trazado han ganado 6.937 residentes, lo que no está mal al ubicarse en parte en una zona como el Deza que sufre el declive poblacional. A Estrada, Dozón, y Silleda perdieron vecinos y los ganaron Lalín, Vedra, Teo y Santiago.

 

Siete de cada diez gallegos viven en el 17 % de la superficie de la comunidad

En 1996 había 11 ayuntamientos con menos de mil habitantes, ahora hay ya 31

A Fonsagrada es el municipio de mayor extensión de Galicia. En sus 438 kilómetros cuadrados cabrían con holgura cuatro veces Barcelona y casi doce superficies como la de A Coruña. Pero el ayuntamiento lucense reparte su territorio solo entre 3.670 vecinos, casi los mismos que los que viven en la parroquia viguesa de San Miguel de Oia, una de las más rurales de la ciudad olívica y que ocupa solo un 0,91 % de lo que mide A Fonsagrada.

 

Lejos de ser una excepción, el municipio de la montaña lucense es el paradigma de la transformación acelerada que está viviendo Galicia por el efecto de la despoblación, agravada además por la caída demográfica: cada vez menos habitada en el campo y en el interior, y con más concentración poblacional en las urbes y los municipios de sus entornos.

 

Por mantener A Fonsagrada como termómetro demográfico gallego, su densidad es de solo 8,3 habitantes por kilómetro cuadrado, como 7,9 tienen A Gudiña y Manzaneda, 6 Laza, 5 Cervantes, 3,1 A Veiga, 2,8 Chandrexa de Queixa y de solo 2,7 en Vilariño de Conso, el municipio donde resulta más fácil encontrar espacios deshabitados y más complicado es cruzarse con vecinos a lo largo de sus 200 kilómetros cuadrados de superficie.

 

Los veinte ayuntamientos con menos densidad de población de Galicia ocupan 3.574,9 kilómetros cuadrados (el 12 % del territorio de la comunidad). Por establecer una comparación, solo mil kilómetros cuadrados menos que toda la provincia de Pontevedra. En ese espacio de baja ocupación habitan tan solo 21.337 personas.

 

 

En el extremo contrario

 

Los veinte municipios con mayor densidad residencial suman una extensión de 940,9 kilómetros cuadrados (el 3,18 % de Galicia), y en ese espacio conviven 1.116.531 personas.

 

Por tanto, 3.574 kilómetros cuadrados con 21.337 vecinos frente a 940 kilómetros con 1,11 millones de habitantes. Esa es la realidad poblacional con la que Galicia encara la tercera década del milenio y la planificación de su futuro, una foto con dos escenarios bien distintos y que requieren de muy diferente atención.

 

En este momento siete de cada diez gallegos viven en el 17,6 % del territorio de la comunidad, el que conforman los 55 ayuntamientos con más de 10.000 vecinos. El 30 % restante del censo se dispersa a lo largo de las 258 localidades que tienen entre menos de mil y 10.000 habitantes y que abarcan 24.359 kilómetros cuadrados, o lo que es lo mismo, el 82,36 % del mapa de Galicia.

 

La densidad del grupo más poblado es de 362,6 personas por kilómetro cuadrado. El de menos presencia humana, de tan solo 33,5. Y la media de Galicia, 91,5.

 

A Coruña es el punto donde se registra en Galicia la mayor concentración poblacional, con 6.457 habitantes por kilómetro cuadrado, aunque se dispararía en la manzana más saturada de la comunidad a 109.145 vecinos, a tenor de la proporción que marca por hectárea el espacio formado por las calles Alcalde Liaño Flores con Luis de Camoens y la ronda de Outeiro.

 

Vigo es el segundo núcleo con más gente en menos espacio (2.685 habitantes por kilómetro cuadrado) y siguen a ambas ciudades: Ourense (1.248), Burela (1.221 por cada uno de sus 7,3 kilómetros cuadrados), Vilagarcía (847), Ferrol (817), Oleiros (805), y A Illa de Arousa (720).

 

Aunque ciudades como A Coruña, Ourense o Ferrol han visto aligerada su presión residencial en comparación con 1996, desde ese tiempo es el campo gallego el que registra la peor evolución. En 21 años las localidades de menos de 10.000 habitantes han perdido 134.117 residentes, el 14 % de su poder poblacional. Aun así, a esas alturas de finales del siglo XX había 11 concellos con menos de mil habitantes, y hoy son 31. Hay dieciocho localidades menos en el grupo de entre 5.000 y 10.000 vecinos y de 28 municipios de entre 10.000 a 15.000 habitantes se pasa 21 años después a tan solo 21. Las villas medias sufren también así la caída demográfica y la despoblación de sus parroquias al perder 72.749 residentes en total.

 

Crecen en cambio las urbes de más de 20.000 censados; hay ahora cuatro más: Ames, Cambre, Culleredo y Ponteareas.

 

Europa aboga por aplicar una discriminación positiva en favor del medio rural

 

La primera motivación de la despoblación viene dada por la ausencia de recursos para mantener un nivel de vida acorde con el entorno y la época. La emigración acumulada es más alta en los enclaves que han ido perdiendo masa demográfica, generando otro revés poblacional: el envejecimiento y la falta de relevo generacional. Y ambos juntos originan otra situación igualmente adversa: más gasto por la dispersión que lleva aparejada la despoblación y la atomización de sus núcleos residenciales, y un coste también superior por las necesidades educativas, sanitarias, sociales y cuidados que requiere una sociedad envejecida y con pocos niños.

 

Solo en gasto escolar, la dispersión que registra Galicia dispara hasta tres veces sobre la media estatal los costes de transporte y comedor, según ha puesto de manifiesto la Administración autonómica a la hora de reivindicar un nuevo patrón de reparto de la financiación territorial que garantice la igualdad de oportunidades de la población. El sobrecoste de la atención sanitaria de una sociedad de edad avanzada ha sido cifrado también por la Xunta en casi 500 millones de euros al año.

 

Esos efectos económicos, pero sobre todos los sociales de la despoblación, han sido señalados ya específicamente por el Parlamento Europeo como los generadores de un impacto social similar a los que provocará el cambio climático, pero no se atisban aún ni mentalización global ni políticas acertadas, ni para un fenómeno ni para el otro.

 

Ourense y Lugo forman parte del escenario trazado en rojo por la Eurocámara, al ubicarlas en sus estudios en los dos últimos lugares de las 317 provincias y demarcaciones del continente en índices de envejecimiento. Y Bruselas advierte que, en lo que se refiere a población, Europa irá a peor.

 

Para tratar de contener los efectos demográfico y poblacional adversos, la UE aboga por aplicar una discriminación positiva en favor del medio rural, que frene su emigración crónica y evite que siga perdiendo empleo, y por tanto acelerando su envejecimiento. Reducir la jornada de trabajo para dar opciones a lograr mayores cuotas de conciliación y mejores registros natalicios; apuntalar el transporte público y las telecomunicaciones en el campo, así como ser más exigentes en cuanto a los resultados de las inversiones en dicho medio son algunas de sus recetas.

 

 

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