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Lucy, inmigrante en Pontevedra: «Me salen trabajos y no me pueden coger por no tener papeles. Lloro tanto»

(14/07/2022)

Lucy, inmigrante en Pontevedra: «Me salen trabajos y no me pueden coger por no tener papeles. Lloro tanto»

María Hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

 

Lucy Dalia Andino, en el huerto de la oenegé Boa Vila en el que produce hortalizas para su autoconsumo.

Lucy Dalia Andino, en el huerto de la oenegé Boa Vila en el que produce hortalizas para su autoconsumo. CAPOTILLO

 

Dejó Honduras tras el asesinato de su hijo mediano, ante el temor de que el pequeño corriese la misma suerte. Nada ha salido como esperaba

 

14 jul 2022 .

 

Ocurrió en el 2017. Cuando Juan Orlando Hernández se amarró al poder en la presidencia de Honduras entre acusaciones de fraude, el país se puso patas arriba. Se sucedieron las manifestaciones y los muertos. Lucy Dalia Andino, natural de ese país y entonces residente allí, tenía un hijo 18 años al que un día vio marcharse a trabajar para no regresar. «Apareció ahorcado en una calle. No sabemos cómo pasó eso... allí no se supo nada de tanta gente que apareció igual», cuenta. Tomó entonces la decisión de poner tierra de por medio, porque su mayor temor era que su hijo pequeño, aún menor de edad, pudiese correr un día la misma suerte que su hermano. Se convirtió en emigrante. Nada salió como esperaba. Se abraza ahora desde Pontevedra, su tierra de acogida, a la esperanza de que las cosas cambien pronto. Pero reconoce su desesperación económica: «Me salen trabajos y no me pueden coger por no tener papeles. Lloro tanto», comienza diciendo Lucy Dalia.

 

Con la herida del asesinato de su hijo aún sangrando, Lucy y su pequeño viajaron hasta Alemania, donde ella tenía un familiar. Dice que ella no logró entrar en el país. El niño se quedó a cargo de una tía —luego pasó a manos de las autoridades alemanas— y ella, intentando buscar una solución a su enrevesado futuro, viajó hasta Pontevedra, donde también tenía parientes. Dice que desde el minuto cero tuvo miedo a estar aquí sin papeles, así que acudió a la policía a explicarles de qué había huido. Le dijeron que explorase la posibilidad de pedir asilo político. Pero no lo logró.

 

Acompañada y aconsejada por la asociación Boa Vida de Pontevedra, comenzó entonces el lento camino para tratar de regularizar su situación en España. En enero se cumplirán tres años desde que llegó. Pero todavía no tienen ningún documento que le permita ser contratada. A sus 50 años, solamente tuvo un empleo en España, cuidando a una persona mayor. Duró un tiempo y, cuando se terminó ese empleo, se vio ante un precipicio del que todavía no ha logrado alejarse: «Voy resistiendo con lo que me van dando. Desde Servicios Sociales me dieron tiques para poder comprar comida y durante seis meses tuve también una tarjeta monedero de ellos, he pedido dinero prestado... voy como puedo, pero con mucha necesidad».

 

Tiene la esperanza de que cuando se cumplan los tres años de estancia en España pueda obtener lo más importante: un documento que le permita acceder a un contrato laboral. Mientras, se agarra a la solidaridad de entidades como Boa Vida. Por ejemplo, participa en el proyecto rural que tiene la entidad y de cuando en vez, cuando la llaman, acude a trabajar a un huerto ubicado en la parroquia de Alba. 

 

«El huerto es inspirador»

 

Anteayer mismo estaba, azada en mano, trabajando, en plena canícula. Dice que no le importa pasar calor: «Venir a la huerta es lo que me da más alegría, aquí desconecto, me olvido un poco de todo, es muy inspirador. Aquí es como que se te van todos los males», cuenta. Además, tal y como soslayan desde Boa Vida, las personas que trabajan en esta finca cultivan hortalizas para su autoconsumo, lo que pone un granito de arena a su economía.

 

Se pregunta a sí misma una y otra vez qué tecla podría tocar para conseguir un empleo en España. Y repite una y otra vez su gran ilusión: «Tener un permiso de trabajo, solamente eso». Recuerda que en Honduras, además de cuidar a su padre, hacía labores de costura. Sacó adelante a tres hijos en un matrimonio que no fue fácil ni feliz.

 

En el 2017, tras la muerte del mediano, todo se precipitó y comenzó el viaje que la acabó trayendo a Pontevedra. Le gusta la tierra de acogida, pero continúa con heridas sin cicatrizar. Se alegra por el hijo mayor que está en Honduras que, aunque no ve, sabe que está bien. Le duele el hijo mediano que permanece en Alemania, porque hace tres años que no se ven y solo le puede llamar de cuando en cuando. Y le parte el alma el hijo mediano muerto: «Parece que fue ayer cuando lo mataron. Es muy reciente», repite sin encontrar consuelo.

 

 

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