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Antonio Izquierdo Escribano, sociólogo: «Los migrantes hacen los trabajos que los españoles no quieren»

(25/11/2022)

Antonio Izquierdo Escribano, sociólogo: «Los migrantes hacen los trabajos que los españoles no quieren»

Alejandra Ceballos López / M.V

 

El profesor Antonio Izquierdo

El profesor Antonio Izquierdo ANGEL MANSO

 

«En España hay casi ocho millones de inmigrantes, serían la segunda comunidad autónoma más grande después de Andalucía», menciona enfáticamente el experto en migraciones

 

24 nov 2022 .

 

Cuando se habla de migración, hay opiniones divididas: unos aseguran que podrían ser la solución a la baja fecundidad en Galicia, mientras en la otra vertiente, se expresa preocupación por la competencia en los puestos de trabajo. Hablamos con Antonio Izquierdo Escribano, profesor de Sociología de las Migraciones de la UDC y director del grupo de investigación Sociedades en Movemento, quien asegura que, más que a un problema social, nos enfrentamos a un modelo económico individualizante.

 

 —Se especula con que los migrantes son una solución ante la baja tasa de natalidad, ¿qué opinas?

 

—En Galicia hay muy pocos migrantes, ellos no van a solucionar el problema de fecundidad (el número de hijos por mujer). En primer lugar porque son muy pocos, y en segundo, porque tampoco es que tengan muchísimos hijos. No lo van a solucionar ni aquí ni en ningún país de Europa. El problema de la fecundidad no es que la gente no quiera tener hijos, es que no puede tener tantos como quisiera. Además, ¿por qué nos preocupa la baja fecundidad?

 

 —Muchos afirman que no habrá quienes cubran los puestos de trabajo en el futuro cercano...

 

—¿Cómo se puede estar preocupado por eso con unas tasas de paro como las que tenemos? Esa es una visión economicista, la visión que necesita un empresario para tener mucha mano de obra barata que le permita bajar los salarios, pero ellos no ofrecen esas oportunidades. El verdadero problema es una economía jerarquizada y cristalizada.

 

—¿Los empresarios se aprovechan de la situación?

 

—Claro que sí. Si disponen de mano de obra que acepta malas condiciones, no tienen necesidad de mejorarlas, eso está claro. Si el mercado de trabajo fuera uno que genera oportunidades muy rápidamente, nos podríamos permitir dejar un trabajo por otro con mejores condiciones, pero aquí el mercado laboral es muy rígido, la gente no puede dejar su trabajo así esté a disgusto.

 

—¿Esto afecta más a los migrantes?

 

— Si alguien acepta esas condiciones, suele ser alguien con menos derechos, los migrantes, para empezar, no pueden votar, entonces están excluidos políticamente. Tienen niveles de exclusión superiores, entonces el empresario no tiene necesidad de mejorar sus condiciones laborales. Aunque regularicen su situación, el salario no suele variar mucho. Son personas que normalmente se dedican al sector servicios o trabajos domésticos, que son empleos de por sí mal remunerados.

 

—¿Es poco probable que mejoren las condiciones laborales?

 

—Las condiciones solo se han mejorado por la lucha de los trabajadores, no porque el empresario se ha apiadado de los empleados sean inmigrantes o no, eso no ha pasado nunca en la historia.

 

—Mencionas que los migrantes no son tan significativos en Galicia, ¿eso implica que es falsa la creencia de que ellos nos quitan los trabajos?

 

—Pues claro, es falso. Pero no solo en Galicia, en cualquier otro sitio. Los inmigrantes van a un puesto de trabajo en el que hay vacantes porque ofrecen malas condiciones y los nativos no las aceptan. Ellos hacen los trabajos que los españoles no quieren. No compiten unos con otros, ocupan los puestos de trabajo que, de otro modo, quedarían sin cubrir.

 

—¿Por qué suele haber una reacción de rechazo hacia ellos?

 

—Tampoco es que en Galicia seamos especialmente xenófobos y haya un rechazo generalizado, pero lo que sí ocurre es que somos un pueblo tradicionalmente migrante, psicológicamente desgarrado, que ha perdido, así que hay dolor. Cuando llega gente de fuera, aparece un pensamiento: «Yo tuve que sufrir todo eso, y estos vienen ahora a usar los recursos y a aprovecharse». Se genera un sentimiento de superioridad. Pero todo eso es falso. Los inmigrantes llegan jóvenes y consumen pocos recursos sanitarios, además, también generan riqueza, alquilan viviendas, pagan impuestos, consumen… y por lo tanto aportan económicamente. Hay datos que lo demuestran.

 

 —Si hay datos, ¿Por qué seguimos pensando lo contrario?

 

—Así funciona la psicología colectiva. No hace falta que lo explique mucho esto. Medio país de Estados Unidos piensa que las vacunas son malas y que no hay que vacunarse. Una cosa es el conocimiento científico y otra el rechazo al mismo. Lo que cree la gente no siempre está acorde con los datos.

 

—¿Valdría la pena una ley que les permitiese integrarse más fácilmente?

 

—Sí. Es que las democracias están siendo minadas, entre otros motivos, porque la población migrante no tiene derechos de ciudadanía. ¿Tú sabes cuántos inmigrantes hay en España? Ocho millones. Sería, después de Andalucía, la comunidad autónoma más grande. ¿Tú te imaginas una democracia con 47 millones de personas donde ocho millones no pudieran votar? Es una de las razones (que no la única) del surgimiento de partidos de extrema derecha en Alemania, Suiza o aquí mismo…

 

—En tus palabras, la longevidad es un logro social, pero la soledad de los mayores es una realidad a la que nos enfrentamos...

 

—Muchas veces, las personas mayores suelen quedarse solas cuando mueren sus parejas. Aquí hay un individualismo muy fuerte, no hay una comunidad alrededor. Los estudios evidencian, por ejemplo, que los migrantes tienen niveles de aislamiento social mucho menores que los españoles, en las comunidades inmigrantes hay más ayuda comunitaria. Esto se puede explicar con el individualismo en nuestras sociedades.

 

—Los países mediterráneos tenían tradiciones familiares muy fuertes, ¿Qué ha pasado?

 

—El modelo económico y social hace que no estemos por ayudar a los mayores solos. Y, al final, también son los migrantes los que se encargan de cuidar a esos mayores, porque las familias de aquí no las pueden atender porque están trabajando, o viven en ciudades distintas a las de sus padres...

 

—¿A qué se debe este fenómeno?

 

—Antes la composición del hogar implicaba varias generaciones en la misma casa, así que una generación iba cuidando de la otra. Ahora la familia no puede proveer esa estructura y la sociedad tampoco. La longevidad es un logro social que debe ir acompañada de otros factores como la buena alimentación, la calidad de vida, la ayuda comunitaria. Tiene que ver con la cohesión social y con el tipo de sociedad individualista en la que estamos instalados. Se debe, también a la economía capitalista que aísla, segmenta y clasifica a las personas por razón de su raza, de sus creencias, de su origen social o de su lugar de nacimiento.

 

—¿El capitalismo es perverso?

 

— Claro. El modo de vivir individualista que impulsa este tipo de estructura económica y productiva es lo que hace que las personas se encuentren solas en edades avanzadas. Lo que hace es romper la solidaridad, la comunidad y el tipo de familia que teníamos antes en aras de producir y ganar más. El 1 % de la población acumula la riqueza y el 99 % restante no, ya me explicarás. Es una dinámica social cada vez más extrema y lo que lleva es a romper a la cohesión social.

 

 

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